La ciudad de Santo Domingo a mis pies
En las calles de Santo Domingo se palpa perfectamente una mezcla de subdesarrollo y de modernidad que experimenta el país a ráfagas, todo ello impregnado de un aroma caribeño previo a todo avance técnico posible. El teléfono móvil o el “busca” (también llamado “beeper”) se encuentra aquí en cada esquina, pero también en cada esquina hay un “frío-frío”, una especie de triciclo que sirve para transportar barras de hielo con las que enfriar los jugos. En Santo Domingo también hay aparentemente buenos coches o “carros”, aunque, dicha la verdad, muchos habían sido buenos carros en otra época y ahora sólo hacen que arrastrarse por el asfalto. Son más milagro que vehículo. En Santo Domingo he visto mis primeros Chevrolets, Chrislers, Rolls-Royces… Predominan los Ford, a la vez que las marcas japonesas del tipo Nissan, Dayatsu, Datsun, Mitshubishi… Pocos europeos: algún Peugeot, Fiat o Renault. Llegamos tarde a la lucha por el mercado latinoamericano. Negocios muy sofisticados conviven con los “alquiladores” de electrodomésticos, por días o por horas. Existe un caos circulatorio inexplicable y medios de transporte para todos los gustos: desde taxis tradicionales a “conchos”, “motoconchos”, motos que a penas se aguantan en pie, “coladoras” o microbuses, autobuses y “banderitas”, antiguos transportadores de colegiales o soldados norteamericanos, vendidos de tercera o cuarta mano o, incluso, regalados, rancheras, camionetas, carros de alquiler para turistas (“rent a car” se lee por doquier), etc.
Pero si algo realmente contrasta con la mayoría de los barrios marginales son algunas urbanizaciones lujosas, residencias de políticos, músicos o extranjeros. Voy a dedicarme a hablar primero de los primeros. Convive el desorden y la anarquía en la construcción de los habitáculos, en la mayor parte barracas de madera, con el estilo de vida dominicano al aire libre. En la calle se organizan reuniones, se juega al dominó (deporte nacional del país, tras el béisbol), las tiendas están llenas. Es en barrios como Los Guandules, Gualey, Sabana Perdida o Cristo Rey dónde se produce el fenómeno del “chiripeo”.
Existen otros barrios como Guachipulín, La Casita o La Ciénaga, que casi no son considerados por la administración, no existe ni el “chiripeo”, todo es miseria y dificultad. A partir de las seis de la tarde es mejor no pasear por allí. Hay gente que se pasea con pistolas colgadas en el cinturón. No existen las calles, ni el tráfico, pero sí las aguas negras y el problema de la basura que se acumula. He aquí un símbolo de la globalización económica que estamos viviendo: la empresa estadounidense Attwoods está contratada por el Ayuntamiento para limpiar las calles y recoger los residuos de la capital, pero como no cobra porque no hay dinero, porque se necesita para pagar los intereses de la deuda contraída con los países más ricos, pues no cumple con su cometido. Además, encima, se permite explotar a sus trabajadores. El Representante del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) ha opinado que la situación alcanza el dramatismo. El Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM) deben reírse a sus espaldas. En la prensa local se habla mucho de imitar a los “tigres asiáticos”. ¡Qué engañados que están! ¿Quién pagará esos artículos? ¿Por qué se escribirán los mismos?
Como en casi cada ciudad con pasado colonial, más en el caso de Santo Domingo, la primera gran ciudad del Nuevo Mundo, existe un centro histórico que intenta conservarse pese al paso de los años y la polución. Colón llegó primero a San Salvador (las actuales Bahamas) para luego fundar La Española, hoy en día suma de la República Dominicana y Haití, antes Quisqueya. En 1496 la ciudad de Santo Domingo fue fundada por Bartolomé de Colón. Poco más tarde Diego de Colón fue proclamado primer Virrey de América. Nicolás de Obando sería el primer Gobernador de la isla. Y de aquella época aún se conserva la Puerta de El Conde, inicio de una importante calle comercial; el Parque de la Independencia con el Panteón a la Patria en el centro, rebautizada y remodelada; la Catedral de Santa María, con elementos góticos y renacentistas, primera y primada de América; y a su lado, la Plaza de los Curas, muy española; el Alcázar de Colón, residencia del Virrey; la Fortaleza de Santo Domingo se encuentra en la Calle de las Damas frente a la desembocadura del río Ozama; la Casa del Cordón; la Calle del General Luperón; y muchísimas iglesias y capillas como si esto fuera Cádiz o Sevilla; más fortines y plazas; la Avenida Duarte; la Avenida del Puerto con el Reloj de Sol; y un largo etcétera.
Existe otra parte de la ciudad en dónde se concentran las grandes avenidas y zonas de tránsito en la zona de Bolívar, John Fitzgerald Kennedy, Nicolás de Obando. Pasando por la Avenida España, América, el Acuario y la Zona Franca industrial, se puede salir hacia el Aeropuerto, que está a unos treinta quilómetros de la ciudad, y más lejos llegar a la playa de Boca Chica. Si nos quedamos en el centro y vamos de visita debemos dirigirnos obligatoriamente por la Avenida 21 al Faro de Colón, la obra faraónica de Trujillo y Balaguer, pasando por la Avenida de los Estados Unidos y el Mirador del Este.
La ciudad, a grandes rasgos, se divide en dos partes, entre las dos orillas del río Ozama, las que son conocidas como Zona Norte o Zona Sur. La Zona Norte sería la que yo habito, la de Gualey, Los Guandules, la 17, 27 de Febrero, Los Río, Sabana Perdida, y los Puentes Sánchez, Mella y Duarte. Dicha zona también cuenta de una parte litoral que termina con el muelle turístico y el Puerto de Sans Souci. En la otra orilla del río, tenemos los barrios de Luperón, Mejoramiento Social y Cristo Rey por un lado, y Villa Consuelo, Villa Juana y Villa Francisca por el otro. Es una zona más urbana e incluso más ordenada.
Finalmente la zona chic de la ciudad se construye en torno al Club Deportivo de Arroyo Hondo. Allí tenemos el Parque Mirador Norte, el Parque Zoológico, el Jardín Botánico, el Cementerio Nacional, el Hipódromo, el Centro Olímpico con el Estadio de Béisbol Quisqueya, el Parque Mirador del Sur, las Oficinas del Gobierno, el Centro de los Héroes y el Santo Domingo Country, que años atrás se había convertido en el Club privado de Trujillo. No podemos dejar de mencionar el preciso Malecón de Santo Domingo, dónde se haya la Secretaría de Estado de Turismo, y en cuya prolongación nos encontramos la mayoría de residencias y hoteles de los turistas que visitan el país.
DIARI ÍNTIM PERÒ PÚBLIC. En aquest blog vull parlar sobre les coses que observo i em preocupen, perquè les estimo: el temps que són els dies que passen i cal aprofitar; les persones que es creuen amb mi; i, finalment, els països, pobles, indrets, racons... que descobreixo poc a poc. Nascut el 1976, soc Professor de Ciencia Política a la Universitat Rovira i Virgili (URV) de Tarragona. Tambe soc Regidor i Portaveu del Nou Moviment Ciutada (NMC) a l'Ajuntament de Cambrils.
lunes, 28 de septiembre de 2009
sábado, 26 de septiembre de 2009
REPÚBLICA DOMINICANA 7
19 de Julio: Despertar en Santo Domingo
Me ha despertado, como no, la música. Laura Pausini, José Luis Perales, Paloma San Basilio, Ana Belén, Nino Bravo, Julio Iglesias… seguramente en mi honor. Realmente se ha tratado de una estrategia encubierta para que, por fin, me levantara. Yo, en mi cama, sigo esperando alguna otra señal. Oigo como discuten marido, esposa e hija sobre mi nombre. Ya se atreven a llamarme. Empieza la aventura de un nuevo día.
Cada mañana doña Carla o Angie se levantan muy temprano para cargar agua de un pozo cercano que hay en medio del callejón. Esa agua deberá servir tanto para cocinar como para la higiene personal. Al lavabo no le funciona la cadena, por lo que hay que echar agua cada vez después de su uso y dejar el papel higiénico sucio en un cubo. Las cucarachas rojas del baño y de la ducha me observan con antipatía.
Después de desayunar como es debido me pasa a buscar Blanca que reside desde ayer en el colmado (tienda de comestibles) de Ana Luisa. Juntos pasamos a buscar a Montse que nos presenta a sus dos hermanitas, Ingrid y Sujeidi. Juntos vamos a buscar a Isabel que hacía compañía a los ancianos Tatica y Aníbal. Finalmente vamos a visitar a Neus dónde Fior. Todos juntos nos dirigimos al Centro Poveda y al centro neurálgico de la ciudad de Santo Domingo.
Me ha despertado, como no, la música. Laura Pausini, José Luis Perales, Paloma San Basilio, Ana Belén, Nino Bravo, Julio Iglesias… seguramente en mi honor. Realmente se ha tratado de una estrategia encubierta para que, por fin, me levantara. Yo, en mi cama, sigo esperando alguna otra señal. Oigo como discuten marido, esposa e hija sobre mi nombre. Ya se atreven a llamarme. Empieza la aventura de un nuevo día.
Cada mañana doña Carla o Angie se levantan muy temprano para cargar agua de un pozo cercano que hay en medio del callejón. Esa agua deberá servir tanto para cocinar como para la higiene personal. Al lavabo no le funciona la cadena, por lo que hay que echar agua cada vez después de su uso y dejar el papel higiénico sucio en un cubo. Las cucarachas rojas del baño y de la ducha me observan con antipatía.
Después de desayunar como es debido me pasa a buscar Blanca que reside desde ayer en el colmado (tienda de comestibles) de Ana Luisa. Juntos pasamos a buscar a Montse que nos presenta a sus dos hermanitas, Ingrid y Sujeidi. Juntos vamos a buscar a Isabel que hacía compañía a los ancianos Tatica y Aníbal. Finalmente vamos a visitar a Neus dónde Fior. Todos juntos nos dirigimos al Centro Poveda y al centro neurálgico de la ciudad de Santo Domingo.
jueves, 24 de septiembre de 2009
REPÚBLICA DOMINICANA 6
Mi entorno familiar dominicano
La casa que habito está construida en varias fases y en base a un edificio principal de ladrillos, que ya es todo un lujo. En esta casa anteriormente habían habitado los padres de doña Carla. Pues bien, a parte de la planta baja hay dos pisos más y una azotea. David vive en un piso junto a Helena, Robinson y su hija, Misaury. El otro piso lo comparten Juan Carlos, su mujer Cristina y “las mellas”, con un individuo que está de alquiler. Finalmente, Luis y su familia viven en la azotea, justo dónde aprovechan todos para tender la ropa.
La entrada a la casa por la planta baja está protegida por una valla de hierro y una pared separa el recibidor del comedor. En éste último hay cuatro hamacas de madera que siempre están ocupadas por gente que se sienta a hablar y a mirar el televisor. En el comedor, a parte de una mesa muy grande, también destaca un aparato de música. Luego están la cocina y dentro de la cocina, el baño, cosa que me sorprende sobremanera. Mi habitación como comprobé ayer es casi más grande que el comedor, la cama es de matrimonio, tengo un armario muy grande, un abanico y las sábanas huelen a limpio. En la planta principal y al lado de mi habitación, separado por una cortina, hay un cuarto en dónde durante mi estancia dormirán don Juan y doña Carla, Sandra y Angie.
La Doña es una mujer nacida con estrella, tiene mucho carisma y poderío, por lo que es muy querida en el barrio. En cierta manera es una líder fuera y dentro de la casa, pero realmente es algo retraída, se extraña ante mis costumbres y me pregunta con curiosidad. Pese a no tener estudios, tiene una opinión crítica envidiable y presume de ser moderna y vivaracha.
Don Juan, a partir de ahora simplemente Juan, ejerce de padre de familia, aunque sé de verdad que no es el padre de todos los hijos de doña Carla. Es fácil saberlo apreciando el diferente color de la piel de los muchachos y su escaso parecido. No habla mucho pero su última palabra va a misa, como debe ser. Le deja gran parte decisoria a doña Carla y cumple a raja tabla sus mínimas obligaciones, entre ellas, ir a trabajar. Calla y sonríe, trabaja, come y descanso. Es muy dominicano, pero tranquilo, sosegado. Dejó de beber hace mucho tiempo.
Luis, el hermano mayor, es un gran mecánico. Le gusta mucho hablar y pasaremos veladas inolvidables en la azotea junto a su casa. No hace mucho caso ni a su mujer ni a su hijo Luis Enrique que parece tímido pero travieso como él debía haberlo sido de pequeño.
Juan Carlos, el siguiente hermano, es un “manitas” y ya ha pasado por varios empleos. No le gusta la calle y se recluye con su familia, con sus hijas gemelas que son preciosas, y con su mujer, con la que es celoso pero a la vez tierno. Por su carácter y mundología, entre los hermanos, es el que tiene más posibilidades para progresar. Aunque igualmente sea muy difícil.
David es el más joven, de mi edad. Desde el primer momento nos entendemos a la perfección. Le he caído bien y no va a burlarse de mí en ningún momento, cosa que es común entre los jóvenes dominicanos. Le gusta mucho la calle y el ron. Es muy inquieto pero creo que va a cambiar como han cambiado sus hermanos. Es buen amigo de sus amigos aunque éstos lo pasen mal. El ambiente en el que se mueve es muy duro. Es cabezota, simpático, marchoso y les echa piropos siempre a las mujeres.
Robinson es moreno y conozco a su madre y a su hermano pequeño que son morenos pese a que él diga que no es moreno. Es muy gracioso, gusta contar chistes. Me sorprende que sea bastante responsable con su mujer, Helena, hija pequeña de Carla, y con su hija, el cielo que es Misaury. Quizás por ser tan bueno doña Carla lo trate como a un hijo. Ha trabajado como chofer y le gustan los carros y la mecánica. Tiene fama de buen bailador.
Helena, como ya he dicho, es su mujer, aunque no debe ser demasiado mayor que yo. Es muy abierta, liberal, me refiero, y se lleva muy bien con Misaury, que es la preferida de la abuela y de todos los demás. Sale a menudo a hacer las compras o a cumplir con los mandados de la casa.
Sandra ya ha estudiado en la universidad. La familia ha guardado grandes esperanzas en ella y actualmente trabaja como secretaria en el Centro Poveda. Pretende ser el modelo a imitar, se siente moderna, entre otras cosas porque se ha movido por otros barrios y con otra gente. Pero tiene una debilidad, le sigue gustando Frank, el peluquero negrito de la calle, que seguro que se la acabará llevando a su huerto.
Angie, finalmente, vive en la casa, pero pese a que pueda ser hija de doña Carla o de algún familiar directo, no creo que sea hermana carnal del resto. Es deficiente mental pero no por ello se deja tomar el pelo fácilmente; sabe lo que se dice y conoce bien lo que hace. Ayuda pues en las tareas del hogar.
Todos ellos tienen un don especial, son listos como el hambre, y quizás esta expresión nunca haya tenido un uso más indicado. En la casa nunca se ha pasado hambre realmente, pero es verdad que las dificultades económicas agudizan los instintos en los individuos. Ahora con mis cien dólares todos van a vivir durante un tiempo algo mejor.
La casa que habito está construida en varias fases y en base a un edificio principal de ladrillos, que ya es todo un lujo. En esta casa anteriormente habían habitado los padres de doña Carla. Pues bien, a parte de la planta baja hay dos pisos más y una azotea. David vive en un piso junto a Helena, Robinson y su hija, Misaury. El otro piso lo comparten Juan Carlos, su mujer Cristina y “las mellas”, con un individuo que está de alquiler. Finalmente, Luis y su familia viven en la azotea, justo dónde aprovechan todos para tender la ropa.
La entrada a la casa por la planta baja está protegida por una valla de hierro y una pared separa el recibidor del comedor. En éste último hay cuatro hamacas de madera que siempre están ocupadas por gente que se sienta a hablar y a mirar el televisor. En el comedor, a parte de una mesa muy grande, también destaca un aparato de música. Luego están la cocina y dentro de la cocina, el baño, cosa que me sorprende sobremanera. Mi habitación como comprobé ayer es casi más grande que el comedor, la cama es de matrimonio, tengo un armario muy grande, un abanico y las sábanas huelen a limpio. En la planta principal y al lado de mi habitación, separado por una cortina, hay un cuarto en dónde durante mi estancia dormirán don Juan y doña Carla, Sandra y Angie.
La Doña es una mujer nacida con estrella, tiene mucho carisma y poderío, por lo que es muy querida en el barrio. En cierta manera es una líder fuera y dentro de la casa, pero realmente es algo retraída, se extraña ante mis costumbres y me pregunta con curiosidad. Pese a no tener estudios, tiene una opinión crítica envidiable y presume de ser moderna y vivaracha.
Don Juan, a partir de ahora simplemente Juan, ejerce de padre de familia, aunque sé de verdad que no es el padre de todos los hijos de doña Carla. Es fácil saberlo apreciando el diferente color de la piel de los muchachos y su escaso parecido. No habla mucho pero su última palabra va a misa, como debe ser. Le deja gran parte decisoria a doña Carla y cumple a raja tabla sus mínimas obligaciones, entre ellas, ir a trabajar. Calla y sonríe, trabaja, come y descanso. Es muy dominicano, pero tranquilo, sosegado. Dejó de beber hace mucho tiempo.
Luis, el hermano mayor, es un gran mecánico. Le gusta mucho hablar y pasaremos veladas inolvidables en la azotea junto a su casa. No hace mucho caso ni a su mujer ni a su hijo Luis Enrique que parece tímido pero travieso como él debía haberlo sido de pequeño.
Juan Carlos, el siguiente hermano, es un “manitas” y ya ha pasado por varios empleos. No le gusta la calle y se recluye con su familia, con sus hijas gemelas que son preciosas, y con su mujer, con la que es celoso pero a la vez tierno. Por su carácter y mundología, entre los hermanos, es el que tiene más posibilidades para progresar. Aunque igualmente sea muy difícil.
David es el más joven, de mi edad. Desde el primer momento nos entendemos a la perfección. Le he caído bien y no va a burlarse de mí en ningún momento, cosa que es común entre los jóvenes dominicanos. Le gusta mucho la calle y el ron. Es muy inquieto pero creo que va a cambiar como han cambiado sus hermanos. Es buen amigo de sus amigos aunque éstos lo pasen mal. El ambiente en el que se mueve es muy duro. Es cabezota, simpático, marchoso y les echa piropos siempre a las mujeres.
Robinson es moreno y conozco a su madre y a su hermano pequeño que son morenos pese a que él diga que no es moreno. Es muy gracioso, gusta contar chistes. Me sorprende que sea bastante responsable con su mujer, Helena, hija pequeña de Carla, y con su hija, el cielo que es Misaury. Quizás por ser tan bueno doña Carla lo trate como a un hijo. Ha trabajado como chofer y le gustan los carros y la mecánica. Tiene fama de buen bailador.
Helena, como ya he dicho, es su mujer, aunque no debe ser demasiado mayor que yo. Es muy abierta, liberal, me refiero, y se lleva muy bien con Misaury, que es la preferida de la abuela y de todos los demás. Sale a menudo a hacer las compras o a cumplir con los mandados de la casa.
Sandra ya ha estudiado en la universidad. La familia ha guardado grandes esperanzas en ella y actualmente trabaja como secretaria en el Centro Poveda. Pretende ser el modelo a imitar, se siente moderna, entre otras cosas porque se ha movido por otros barrios y con otra gente. Pero tiene una debilidad, le sigue gustando Frank, el peluquero negrito de la calle, que seguro que se la acabará llevando a su huerto.
Angie, finalmente, vive en la casa, pero pese a que pueda ser hija de doña Carla o de algún familiar directo, no creo que sea hermana carnal del resto. Es deficiente mental pero no por ello se deja tomar el pelo fácilmente; sabe lo que se dice y conoce bien lo que hace. Ayuda pues en las tareas del hogar.
Todos ellos tienen un don especial, son listos como el hambre, y quizás esta expresión nunca haya tenido un uso más indicado. En la casa nunca se ha pasado hambre realmente, pero es verdad que las dificultades económicas agudizan los instintos en los individuos. Ahora con mis cien dólares todos van a vivir durante un tiempo algo mejor.
miércoles, 16 de septiembre de 2009
REPÚBLICA DOMINICANA 5
18 de Julio: Barcelona, Madrid, Miami, Santo Domingo.
Toda una premonición, de camino al Aeropuerto del Prat nos hemos cruzado con una motocicleta cuya matrícula reza 1942. Y es cierto, por primera vez voy a cruzar el gran charco y voy a que me conquisten las Américas, o, al menos, esa es mi voluntad.
El horóscopo no me ha presagiado un buen viaje lo que va a confirmar mi tradicional abstinencia astrológica.
En Barajas más de cinco horas esperando antes de partir de nuevo.
En Miami gozamos de un pequeño descanso en la sala de espera o de concentración desde la cual se distribuyen los pasajeros según su destino latinoamericano. Realmente impacta Miami de noche. Derroche de luz.
Por fin he avistado la costa de mi isla, la costa de la República Dominicana. Cuatro líneas paralelas de espesa vegetación tropical la atraviesan de este a oeste. En la llamada Cordillera Central se alzan las montañas más altas de las Antillas, lo demás todo son planicies, rectángulos de parcelas, pequeñas carreteras, senderos lineales e inacabables, algunos ríos como el Yaque o el Antibonito.
Ahora, la orilla sur de la isla. La República Dominicana limita al sur con el mar Caribe y al norte por dónde hemos llegado se haya el Océano Atlántico. La pista de aterrizaje se me hace inacabable desde su inicio al lado mismo de los arrecifes que la bordean.
Ya piso suelo dominicano. Llueve bastante intensamente, aunque eso es normal en estas latitudes y a esta hora (las seis y media de la tarde). La temperatura es de treinta grados centígrados; también lo podríamos haber previsto.
Lo que más me sorprende en este momento es la efusividad de los saludos y abrazos que se intercambian familiares al reencontrarse. La tripulación del avión era mayoritariamente de color y muchas mujeres iban acompañadas de sus respectivas parejas de origen europeo, sobre todo, italianos y españoles. Pienso que puede tratarse de aquellos que en su día viajaron al Caribe, como se dice aquí, a “comprar” esposas. Ahora llegan de vacaciones. Todos muy bien vestiditos, pero ellas destacan por su elegancia despampanante y exagerada, por sus pinturas, labios, caderas y ropas ajustadas. Todo el mundo aplaude.
Pasamos los controles aduaneros y compramos la tarjeta de turista por diez dólares. Pagar en dólares permite elevar la cantidad de divisas y su valor evidentemente se cotiza más que el del peso. Británicos, daneses, italianos y holandeses no necesitan hacer tal operación. Recogemos las maletas y vemos que nos falta una. Debemos reclamar. Fuera ya de la vista de militares y policías, por cierto vestidos y con una actitud muy despreocupada y a la vez graciosa, nos encontramos con Pilar Cachufeiro, una teresiana española que reside en Santo Domingo desde hace año y medio. En casi todos los aeropuertos de América Latina sucede lo mismo, muchos niños, gente que se ofrece a ayudarte, a cambio de una buena propina, claro está, chóferes y guías de hoteles, taxistas, vendedores…
Cargamos paquetes y bultos nosotros mismos. Le ofrecemos algún peso a algún niño que nos ha seguido. Otros se ofenden. Víctor, el chófer de una camioneta Datsun muy moderna, nos llevará hasta nuestros nuevos hogares a instancias de Pilar.
Tomamos la Autopista de las Américas y el paisaje me recuerda al Miami Beach que veía por televisión en España. Palmeras a ambos lados del asfalto, playas, mucho tráfico y, sobre todo, muchas cervecerías y locales de baile. La música empieza a sonar.
Llegamos a Santo Domingo, la capital tan deseada y nombrada, por el Monumento al Padre de la Patria Duarte. Todo lo importante en la ciudad se llama Duarte. Seguimos y cruzamos el río que divide la ciudad hasta llegar a la Avenida 17. Se trata de una gran calle con mucha circulación y ambiente. Pilar me dice que está situada en medio de los barrios de Gualey y de Los Guandules, dos de los más humildes, a la vez peligrosos, de la ciudad. Me hace bajar de la camioneta, ahora ranchera, y me acompaña por un pasillo estrecho al lado de un colmado en el que un puñado de jóvenes beben cerveza y de paso nos miran con curiosidad. Entro en una casa y me presentan la familia con la que deberé convivir a partir de hoy mismo. La ama, doña Carla. La hija, Sandra. Su hermana, Helena. Más tarde conoceré a los otros tres hermanos, David, Luis y Juan Carlos, y a Angie, que no sé exactamente quién es. Luego me aprendo el nombre de los niños pequeños: Misaury, Diledni, Luis Enrique… y me olvido al cabo de un rato. ¡Qué revolución! ¡Increíble!
La cena ha sido preparada con tiempo: “asopao”, entre otras cosas, o lo que es lo mismo, “arroz con pollo”. Llega el padre y enseguida me doy cuenta de la persona admirable que es, calla y sonríe, sencillamente. Espero un poco más tarde para entregar los regalos. Les han gustado y sé que tales objetos pasarán a formar parte de la decoración desordenada y querida de la casa.
Pido la cama, pero aún antes me invitan a un vaso de vino dulce de la marca Caballo Blanco, muy apreciado aquí, y a un vaso de café amargo. Me doy en seguida cuenta de que la habitación que han guardado para mí es dónde hasta el día de hoy ha dormido el matrimonio. Es un lujo inmerecido y una cortesía hacia mi presencia, por lo que no puedo más que agradecer su hospitalidad y señalar la existencia de un buen abanico que me va a proteger del calor que persiste durante la noche. Hasta mañana.
Toda una premonición, de camino al Aeropuerto del Prat nos hemos cruzado con una motocicleta cuya matrícula reza 1942. Y es cierto, por primera vez voy a cruzar el gran charco y voy a que me conquisten las Américas, o, al menos, esa es mi voluntad.
El horóscopo no me ha presagiado un buen viaje lo que va a confirmar mi tradicional abstinencia astrológica.
En Barajas más de cinco horas esperando antes de partir de nuevo.
En Miami gozamos de un pequeño descanso en la sala de espera o de concentración desde la cual se distribuyen los pasajeros según su destino latinoamericano. Realmente impacta Miami de noche. Derroche de luz.
Por fin he avistado la costa de mi isla, la costa de la República Dominicana. Cuatro líneas paralelas de espesa vegetación tropical la atraviesan de este a oeste. En la llamada Cordillera Central se alzan las montañas más altas de las Antillas, lo demás todo son planicies, rectángulos de parcelas, pequeñas carreteras, senderos lineales e inacabables, algunos ríos como el Yaque o el Antibonito.
Ahora, la orilla sur de la isla. La República Dominicana limita al sur con el mar Caribe y al norte por dónde hemos llegado se haya el Océano Atlántico. La pista de aterrizaje se me hace inacabable desde su inicio al lado mismo de los arrecifes que la bordean.
Ya piso suelo dominicano. Llueve bastante intensamente, aunque eso es normal en estas latitudes y a esta hora (las seis y media de la tarde). La temperatura es de treinta grados centígrados; también lo podríamos haber previsto.
Lo que más me sorprende en este momento es la efusividad de los saludos y abrazos que se intercambian familiares al reencontrarse. La tripulación del avión era mayoritariamente de color y muchas mujeres iban acompañadas de sus respectivas parejas de origen europeo, sobre todo, italianos y españoles. Pienso que puede tratarse de aquellos que en su día viajaron al Caribe, como se dice aquí, a “comprar” esposas. Ahora llegan de vacaciones. Todos muy bien vestiditos, pero ellas destacan por su elegancia despampanante y exagerada, por sus pinturas, labios, caderas y ropas ajustadas. Todo el mundo aplaude.
Pasamos los controles aduaneros y compramos la tarjeta de turista por diez dólares. Pagar en dólares permite elevar la cantidad de divisas y su valor evidentemente se cotiza más que el del peso. Británicos, daneses, italianos y holandeses no necesitan hacer tal operación. Recogemos las maletas y vemos que nos falta una. Debemos reclamar. Fuera ya de la vista de militares y policías, por cierto vestidos y con una actitud muy despreocupada y a la vez graciosa, nos encontramos con Pilar Cachufeiro, una teresiana española que reside en Santo Domingo desde hace año y medio. En casi todos los aeropuertos de América Latina sucede lo mismo, muchos niños, gente que se ofrece a ayudarte, a cambio de una buena propina, claro está, chóferes y guías de hoteles, taxistas, vendedores…
Cargamos paquetes y bultos nosotros mismos. Le ofrecemos algún peso a algún niño que nos ha seguido. Otros se ofenden. Víctor, el chófer de una camioneta Datsun muy moderna, nos llevará hasta nuestros nuevos hogares a instancias de Pilar.
Tomamos la Autopista de las Américas y el paisaje me recuerda al Miami Beach que veía por televisión en España. Palmeras a ambos lados del asfalto, playas, mucho tráfico y, sobre todo, muchas cervecerías y locales de baile. La música empieza a sonar.
Llegamos a Santo Domingo, la capital tan deseada y nombrada, por el Monumento al Padre de la Patria Duarte. Todo lo importante en la ciudad se llama Duarte. Seguimos y cruzamos el río que divide la ciudad hasta llegar a la Avenida 17. Se trata de una gran calle con mucha circulación y ambiente. Pilar me dice que está situada en medio de los barrios de Gualey y de Los Guandules, dos de los más humildes, a la vez peligrosos, de la ciudad. Me hace bajar de la camioneta, ahora ranchera, y me acompaña por un pasillo estrecho al lado de un colmado en el que un puñado de jóvenes beben cerveza y de paso nos miran con curiosidad. Entro en una casa y me presentan la familia con la que deberé convivir a partir de hoy mismo. La ama, doña Carla. La hija, Sandra. Su hermana, Helena. Más tarde conoceré a los otros tres hermanos, David, Luis y Juan Carlos, y a Angie, que no sé exactamente quién es. Luego me aprendo el nombre de los niños pequeños: Misaury, Diledni, Luis Enrique… y me olvido al cabo de un rato. ¡Qué revolución! ¡Increíble!
La cena ha sido preparada con tiempo: “asopao”, entre otras cosas, o lo que es lo mismo, “arroz con pollo”. Llega el padre y enseguida me doy cuenta de la persona admirable que es, calla y sonríe, sencillamente. Espero un poco más tarde para entregar los regalos. Les han gustado y sé que tales objetos pasarán a formar parte de la decoración desordenada y querida de la casa.
Pido la cama, pero aún antes me invitan a un vaso de vino dulce de la marca Caballo Blanco, muy apreciado aquí, y a un vaso de café amargo. Me doy en seguida cuenta de que la habitación que han guardado para mí es dónde hasta el día de hoy ha dormido el matrimonio. Es un lujo inmerecido y una cortesía hacia mi presencia, por lo que no puedo más que agradecer su hospitalidad y señalar la existencia de un buen abanico que me va a proteger del calor que persiste durante la noche. Hasta mañana.
martes, 15 de septiembre de 2009
REPÚBLICA DOMINICANA 4
El contexto dominicano
Antes de iniciar mi viaje a Santo Domingo leí dos libros que me marcaron profundamente y que me ayudaron a entender la idiosincrasia de este país: Over, de Ramón Marrero Aristy, y ¡Buen viaje, Pancho Villa!, de Pedro Mir.
El libro de Marrero Aristy desmitificaba la etiqueta de las tres eses que sigue arrastrando la Dominicana: “sun, sea and sex”. El libro se centra en la figura de Justo Morales, “un noble y hospitalario dominicano” de la región del Cibao, la más pura del país según los propios dominicanos. El libro nos describe cómo es la vida en un batey, o lo que es lo mismo, un centro de recolección de caña de azúcar. La palabra Over, precisamente, viene de un vale especial de compra utilizado dentro de los bateyes para que los trabajadores puedan subsistir y gastarlos dentro de ellos mismos. Aún hoy en día existen bateyes en todo el país, principalmente ocupados por haitianos que huyen hambrientos de su país durante el periodo de recolección, cuya discriminación laboral y por cuestión de raza causa la denuncia constante por parte de ONGs de todo el mundo. Según la novela de Marrero Aristy, el batey de que hablamos está infectado de suciedad, animales merodeando junto a los trabajadores que sufren terribles enfermedades, como la sífilis, debido al consumo descontrolado de alcohol, ron, y condiciones laborales que rayan el esclavismo. Durante la novela se describen los caracteres principales de la sociedad dominicana. “Palabras picantes y gordas razonan la música y la vida cotidiana”. “Parece que la vida cabe en un vaso de ron”. “Borrachos de música y de ron”.
En el batey hay aproximadamente treinta casas construidas con lo que pueda servir para componer y techos de cinc, habitadas por “mañes” o “congós” (haitianos), “cocolos” (los naturales de las islas inglesas del Caribe, por ejemplo San Kits o Barbados) y los dominicanos más míseros del país. Los puertorriqueños suelen decir de los dominicanos que “hablan mucho y hacen poco”. Lo que sí les gusta, y yo lo puedo confirmar, es el buen comer y el buen beber. Es corriente ver como muchos trabajadores se ponen “borrachos hasta llorar”. Y, como no, como en toda la isla, encontramos música y sensualidad por todo el batey. Una música y una sensualidad, en todos los casos, descontrolada: “Una mulata se me acerca pidiéndome, sin rodeos, que le compre algunos fritos de los que vende una vieja negra que fríe del lado de afuera. Eduardo fue con otra a un lugar apartado a brindarle un trago, y al ver cómo las caderas de su compañera se mueven al andar, no puedo dejar de pensar que estas mujeres, a pesar de su hambre y de todo lo demás, tienen buenas carnes”. “Para reposar el hombre necesita mujer”. Aunque sea prostituta.
Ocho dólares y algunos centavos al día, que son muchas horas, vale el trabajo del negro en el centro y en el sur de la República Dominicana, sobre todo en Barahona. “Cuando llegan al batey central, los pobres negros no saben lo que se trata de hacer con ellos. Están molidos, indefensos, y se reúnen en rebaños. Entonces son repartidos. En un canal de alambrada pues encerrados como ganado, vigilado por los policías del central que rondan ajijuntos, armados de revólveres y machetes, son contados y apartados para ser remitidos a las diversas colonias”.
El pesimismo invade la novela de Marrero Aristy. “¡A nosotros nadie nos salvará! Yo me he sentado en la cama del Presidente de la República; he vivido entre gente de posición; he vivido en otro mundo soñando y creyendo que ocuparía un puesto digno en la vida, y sin embargo he venido a parar aquí. He tomado este torcido camino, y heme ahora soportándole las humillaciones a estos cerdos adinerados, menos que una hormiga, insignificante como cualquier cucaracha, ¡un cero en la vida!”. “¡Hay que beber hasta reventar! El fuego de este sol, la uniformidad desoladora de estos cañaverales sin fin, sin pájaros, sin árboles, sin montañas; el grito de la conciencia que no nos deja dormir, el deseo contenido de hacernos justicia dando un golpe feroz para demostrar que merecemos atención de alguien, todo eso nada más se puede ahogar en una catarata de ron”.
“Ustedes tienen esperanzas. Tienen porvenir. Su pueblo es libre. Pero llegará el día en que los grandes capitales tendrán que darle al pueblo lo que le pertenece, y devolverán buena parte de los millones que se han llevado a costa de las inmigraciones de esclavos y del nativo desorientado y abandonado. En la guerra quedó demostrado que el fusil manejado por el blanco y el fusil manejado por el negro, son igualmente poderosos, y eso ha debido sacudirles, servirles de ejemplo para comprender que no hay razas superiores ni razas inferiores”. “No sólo de pan vivirá el hombre!”
El libro de Pedro Mir, uno de los grandes poetas de la República Dominicana no es, ni mucho menos, tan duro como el anterior. En él se hallan dibujos del pintor Grillo Pérez. Se subtitula “Memorias de un marinero” y nos habla de la efímera existencia de Pancho Valentín en Campoflorido, un lugar imaginario, “navegando por la vida”. Creo que la obra de Mir está muy influenciada por el surrealismo mágico que durante muchos años dominó el panorama de la literatura latinoamericana. He aquí algunos ejemplos de ello: “No hubiera querido saber para quién fue abierta esa ventana… para el vuelo de qué sueños… para la visión de qué fantasías… para qué espera… una existencia destinada a la brevedad de su destino, que lo acepta, que lo certifica, que lo celebra, al mismo tiempo apura a perpetuarlo, una contradicción…”
Como Pablo Neruda, Mir “ama el amor de los marineros” y en su obra nos traslada una filosofía de vida que pertenece a la Dominicana: “no era el fin porque cuando no hay salida, el fin ya no es una salida… y a veces es la mejor de todas”. En esta filosofía de vida hay mucho de resignación, debido quizás al sentido religioso de la sociedad dominicana: “mi marido se toma sus tragos y yo tengo que estar cerca de él”. Mir nos describe aspectos más cotidianos del país y de sus gentes, y en su libro empiezo a adentrarme en el país a través de la Carretera Duarte, el Parque Colón, la Calle El Conde, “La Cafetera”, “la esquina 42 entre la Avenida Duarte y Mella”, el Barrio de La Mina, el Barrio de Los Pajaritos… Mir también nos introduce a la vida de los dominicanos en Nueva York a través del compatriota Danilo Valdez. Exilios en México también tienen cabida. Y sus consecuencias: “medio extranjero en mi propio país, con mujer extranjera a cuestas y una hija de muy pocos años ante un panorama alarmante”.
Mir nos narra una “existencia”. “Pancho Valentín jamás recibió la más leve herida de su amigo Danilo Valdez… Y es como para preguntarse si es necesario exigirle algo más a la vida, para considerarla bellamente vivida…”. Como dice Neruda “los marineros besan y se van”. Predominan los valores de la amistad, la alegría, el placer… frente a la tristeza, la miseria y otros obstáculos que también existen.
Antes de iniciar mi viaje a Santo Domingo leí dos libros que me marcaron profundamente y que me ayudaron a entender la idiosincrasia de este país: Over, de Ramón Marrero Aristy, y ¡Buen viaje, Pancho Villa!, de Pedro Mir.
El libro de Marrero Aristy desmitificaba la etiqueta de las tres eses que sigue arrastrando la Dominicana: “sun, sea and sex”. El libro se centra en la figura de Justo Morales, “un noble y hospitalario dominicano” de la región del Cibao, la más pura del país según los propios dominicanos. El libro nos describe cómo es la vida en un batey, o lo que es lo mismo, un centro de recolección de caña de azúcar. La palabra Over, precisamente, viene de un vale especial de compra utilizado dentro de los bateyes para que los trabajadores puedan subsistir y gastarlos dentro de ellos mismos. Aún hoy en día existen bateyes en todo el país, principalmente ocupados por haitianos que huyen hambrientos de su país durante el periodo de recolección, cuya discriminación laboral y por cuestión de raza causa la denuncia constante por parte de ONGs de todo el mundo. Según la novela de Marrero Aristy, el batey de que hablamos está infectado de suciedad, animales merodeando junto a los trabajadores que sufren terribles enfermedades, como la sífilis, debido al consumo descontrolado de alcohol, ron, y condiciones laborales que rayan el esclavismo. Durante la novela se describen los caracteres principales de la sociedad dominicana. “Palabras picantes y gordas razonan la música y la vida cotidiana”. “Parece que la vida cabe en un vaso de ron”. “Borrachos de música y de ron”.
En el batey hay aproximadamente treinta casas construidas con lo que pueda servir para componer y techos de cinc, habitadas por “mañes” o “congós” (haitianos), “cocolos” (los naturales de las islas inglesas del Caribe, por ejemplo San Kits o Barbados) y los dominicanos más míseros del país. Los puertorriqueños suelen decir de los dominicanos que “hablan mucho y hacen poco”. Lo que sí les gusta, y yo lo puedo confirmar, es el buen comer y el buen beber. Es corriente ver como muchos trabajadores se ponen “borrachos hasta llorar”. Y, como no, como en toda la isla, encontramos música y sensualidad por todo el batey. Una música y una sensualidad, en todos los casos, descontrolada: “Una mulata se me acerca pidiéndome, sin rodeos, que le compre algunos fritos de los que vende una vieja negra que fríe del lado de afuera. Eduardo fue con otra a un lugar apartado a brindarle un trago, y al ver cómo las caderas de su compañera se mueven al andar, no puedo dejar de pensar que estas mujeres, a pesar de su hambre y de todo lo demás, tienen buenas carnes”. “Para reposar el hombre necesita mujer”. Aunque sea prostituta.
Ocho dólares y algunos centavos al día, que son muchas horas, vale el trabajo del negro en el centro y en el sur de la República Dominicana, sobre todo en Barahona. “Cuando llegan al batey central, los pobres negros no saben lo que se trata de hacer con ellos. Están molidos, indefensos, y se reúnen en rebaños. Entonces son repartidos. En un canal de alambrada pues encerrados como ganado, vigilado por los policías del central que rondan ajijuntos, armados de revólveres y machetes, son contados y apartados para ser remitidos a las diversas colonias”.
El pesimismo invade la novela de Marrero Aristy. “¡A nosotros nadie nos salvará! Yo me he sentado en la cama del Presidente de la República; he vivido entre gente de posición; he vivido en otro mundo soñando y creyendo que ocuparía un puesto digno en la vida, y sin embargo he venido a parar aquí. He tomado este torcido camino, y heme ahora soportándole las humillaciones a estos cerdos adinerados, menos que una hormiga, insignificante como cualquier cucaracha, ¡un cero en la vida!”. “¡Hay que beber hasta reventar! El fuego de este sol, la uniformidad desoladora de estos cañaverales sin fin, sin pájaros, sin árboles, sin montañas; el grito de la conciencia que no nos deja dormir, el deseo contenido de hacernos justicia dando un golpe feroz para demostrar que merecemos atención de alguien, todo eso nada más se puede ahogar en una catarata de ron”.
“Ustedes tienen esperanzas. Tienen porvenir. Su pueblo es libre. Pero llegará el día en que los grandes capitales tendrán que darle al pueblo lo que le pertenece, y devolverán buena parte de los millones que se han llevado a costa de las inmigraciones de esclavos y del nativo desorientado y abandonado. En la guerra quedó demostrado que el fusil manejado por el blanco y el fusil manejado por el negro, son igualmente poderosos, y eso ha debido sacudirles, servirles de ejemplo para comprender que no hay razas superiores ni razas inferiores”. “No sólo de pan vivirá el hombre!”
El libro de Pedro Mir, uno de los grandes poetas de la República Dominicana no es, ni mucho menos, tan duro como el anterior. En él se hallan dibujos del pintor Grillo Pérez. Se subtitula “Memorias de un marinero” y nos habla de la efímera existencia de Pancho Valentín en Campoflorido, un lugar imaginario, “navegando por la vida”. Creo que la obra de Mir está muy influenciada por el surrealismo mágico que durante muchos años dominó el panorama de la literatura latinoamericana. He aquí algunos ejemplos de ello: “No hubiera querido saber para quién fue abierta esa ventana… para el vuelo de qué sueños… para la visión de qué fantasías… para qué espera… una existencia destinada a la brevedad de su destino, que lo acepta, que lo certifica, que lo celebra, al mismo tiempo apura a perpetuarlo, una contradicción…”
Como Pablo Neruda, Mir “ama el amor de los marineros” y en su obra nos traslada una filosofía de vida que pertenece a la Dominicana: “no era el fin porque cuando no hay salida, el fin ya no es una salida… y a veces es la mejor de todas”. En esta filosofía de vida hay mucho de resignación, debido quizás al sentido religioso de la sociedad dominicana: “mi marido se toma sus tragos y yo tengo que estar cerca de él”. Mir nos describe aspectos más cotidianos del país y de sus gentes, y en su libro empiezo a adentrarme en el país a través de la Carretera Duarte, el Parque Colón, la Calle El Conde, “La Cafetera”, “la esquina 42 entre la Avenida Duarte y Mella”, el Barrio de La Mina, el Barrio de Los Pajaritos… Mir también nos introduce a la vida de los dominicanos en Nueva York a través del compatriota Danilo Valdez. Exilios en México también tienen cabida. Y sus consecuencias: “medio extranjero en mi propio país, con mujer extranjera a cuestas y una hija de muy pocos años ante un panorama alarmante”.
Mir nos narra una “existencia”. “Pancho Valentín jamás recibió la más leve herida de su amigo Danilo Valdez… Y es como para preguntarse si es necesario exigirle algo más a la vida, para considerarla bellamente vivida…”. Como dice Neruda “los marineros besan y se van”. Predominan los valores de la amistad, la alegría, el placer… frente a la tristeza, la miseria y otros obstáculos que también existen.
lunes, 14 de septiembre de 2009
REPÚBLICA DOMINICANA 3
Presentación
Cuando yo me incorporé al proyecto de Interred era un estudiante de segundo año de Ciencias Políticas en la Universidad Autónoma, por lo tanto aún muy joven (20 años, aunque para participar en el proyecto se requerían 21). Desde mi llegada al mundo universitario me había marcado la meta de aproximarme a la cooperación al desarrollo y me pasé casi un año entero asistiendo a conferencias sobre el tema y visitando a diferentes ONGs ubicadas en Barcelona. La gente que me encontré en Interred estaba muy ilusionada con lo que pretendíamos hacer y contaba a sus espaldas con muchos años de experiencia trabajando en el ámbito del voluntariado social.
Neus fue la Coordinadora del Grupo que viajamos a República Dominicana. Neus era novicia y al cabo del año de estar en República Dominicana se fue a Roma para convertirse finalmente en monja. Hoy en día se encuentra en Venezuela ayudando a los más necesitados y ha iniciado una campaña para damnificar a los afectados por el temporal del año 1999. En Barcelona Neus había estudiado Trabajo Social y estaba muy directamente vinculada al Esplai del Centre Passatge que pertenece a la Institución Teresiana.
Isabel era maestra en Badalona; hace tiempo que no sé de ella. Como yo, en aquel entonces no sabía demasiado alrededor de la ASC. También era la única casada del grupo. Como todas las recién casadas durante el viaje habló continuamente de su marido Alberto. Al cabo de unos meses de volver a Barcelona tuvo su primer hijo que espero que herede de su madre la bondad y la sencillez que la caracterizaban. Entre sus aficiones estaban la literatura y el buen comer. Era, y debe ser aún, una persona a la cual le gustaba estar muy bien informada sobre todo.
Montse estaba a punto de sacarse el Diplomado en Trabajo Social y había estado en muchísimos frentes debido a su carácter extremadamente activo. Era lo que se podía decir una chica que me cabía muy bien. Había trabajado con niños hijos de inmigrantes en el Raval, había hecho unas prácticas con un grupo de toxicómanos y en aquel entonces era monitora de un grupo de Esplai dirigido a los más jóvenes del Centro Passatge. También colaboraba en la revista mensual que editaba el centro. Tras la experiencia dominicana quiso repetir en el mismo sitio e Intered la envió como voluntaria de larga duración a colaborar con el Centro Povedo y con los Caminantes de Boca Chica. Durante su estancia de más de año y medio en Santo Domingo pudo implicarse en la campaña de asistencia a los damnificados por el Huracán George que asoló todo el Caribe en 1998.
Blanca, conmigo, la más joven del grupo, completaba el grupo de voluntarios con el que compartimos una de las experiencias más importantes de nuestras vidas. En aquellos momentos estaba terminando sus estudios de Trabajo Social y conocía a Margarita Bartolomé, la verdadera impulsora de Interred , de la facultad de la Universidad de Barcelona. Como Montse, se había movido mucho como voluntaria tanto en el Raval como en un “cau” barcelonés. Había sido monitora de grupos de niños con los cuales salía a menudo de colonias y participaba en un coro musical.
En general, debo decir que mis compañeras de viaje formaban un grupo muy determinado de gente, compacto y homogéneo, de capital (Barcelona), postmoderno, muy solidario aunque quizás influenciado un poco por la moda de la cooperación, y perfeccionista hasta el punto de mi desesperación. La condición de género, todas eran mujeres, también me causó cierto desentendimiento durante varias fases de nuestra experiencia. Muchas veces me sentí ajeno a sus preocupaciones y a su forma de trabajar exageradamente metódica. Pero, en todo caso, debo decir que compartir con ellas me resultó de gran utilidad en el sentido de observar los comportamientos y, precisamente, compartir, con personas aparentemente diferentes a mis entornos habituales.
Cuando yo me incorporé al proyecto de Interred era un estudiante de segundo año de Ciencias Políticas en la Universidad Autónoma, por lo tanto aún muy joven (20 años, aunque para participar en el proyecto se requerían 21). Desde mi llegada al mundo universitario me había marcado la meta de aproximarme a la cooperación al desarrollo y me pasé casi un año entero asistiendo a conferencias sobre el tema y visitando a diferentes ONGs ubicadas en Barcelona. La gente que me encontré en Interred estaba muy ilusionada con lo que pretendíamos hacer y contaba a sus espaldas con muchos años de experiencia trabajando en el ámbito del voluntariado social.
Neus fue la Coordinadora del Grupo que viajamos a República Dominicana. Neus era novicia y al cabo del año de estar en República Dominicana se fue a Roma para convertirse finalmente en monja. Hoy en día se encuentra en Venezuela ayudando a los más necesitados y ha iniciado una campaña para damnificar a los afectados por el temporal del año 1999. En Barcelona Neus había estudiado Trabajo Social y estaba muy directamente vinculada al Esplai del Centre Passatge que pertenece a la Institución Teresiana.
Isabel era maestra en Badalona; hace tiempo que no sé de ella. Como yo, en aquel entonces no sabía demasiado alrededor de la ASC. También era la única casada del grupo. Como todas las recién casadas durante el viaje habló continuamente de su marido Alberto. Al cabo de unos meses de volver a Barcelona tuvo su primer hijo que espero que herede de su madre la bondad y la sencillez que la caracterizaban. Entre sus aficiones estaban la literatura y el buen comer. Era, y debe ser aún, una persona a la cual le gustaba estar muy bien informada sobre todo.
Montse estaba a punto de sacarse el Diplomado en Trabajo Social y había estado en muchísimos frentes debido a su carácter extremadamente activo. Era lo que se podía decir una chica que me cabía muy bien. Había trabajado con niños hijos de inmigrantes en el Raval, había hecho unas prácticas con un grupo de toxicómanos y en aquel entonces era monitora de un grupo de Esplai dirigido a los más jóvenes del Centro Passatge. También colaboraba en la revista mensual que editaba el centro. Tras la experiencia dominicana quiso repetir en el mismo sitio e Intered la envió como voluntaria de larga duración a colaborar con el Centro Povedo y con los Caminantes de Boca Chica. Durante su estancia de más de año y medio en Santo Domingo pudo implicarse en la campaña de asistencia a los damnificados por el Huracán George que asoló todo el Caribe en 1998.
Blanca, conmigo, la más joven del grupo, completaba el grupo de voluntarios con el que compartimos una de las experiencias más importantes de nuestras vidas. En aquellos momentos estaba terminando sus estudios de Trabajo Social y conocía a Margarita Bartolomé, la verdadera impulsora de Interred , de la facultad de la Universidad de Barcelona. Como Montse, se había movido mucho como voluntaria tanto en el Raval como en un “cau” barcelonés. Había sido monitora de grupos de niños con los cuales salía a menudo de colonias y participaba en un coro musical.
En general, debo decir que mis compañeras de viaje formaban un grupo muy determinado de gente, compacto y homogéneo, de capital (Barcelona), postmoderno, muy solidario aunque quizás influenciado un poco por la moda de la cooperación, y perfeccionista hasta el punto de mi desesperación. La condición de género, todas eran mujeres, también me causó cierto desentendimiento durante varias fases de nuestra experiencia. Muchas veces me sentí ajeno a sus preocupaciones y a su forma de trabajar exageradamente metódica. Pero, en todo caso, debo decir que compartir con ellas me resultó de gran utilidad en el sentido de observar los comportamientos y, precisamente, compartir, con personas aparentemente diferentes a mis entornos habituales.
domingo, 13 de septiembre de 2009
REPÚBLICA DOMINICANA 2
Introducción al viaje a la República Dominicana
En enero del año 1996 unos cuantos amigos emprendimos la aventura de fundar una nueva Organización No Gubernamental en Barcelona. Tal ONG se llamaría Interred-Catalunya y debería ser la filial de Intered a nivel estatal, una organización dependiente de la Institución Teresiana. Las dos personas que contactaron conmigo para poder llevar a cabo este proyecto fueron Margarita Bartolomé, Profesora de Ética de la Universidad de Barcelona, y Neus Edo, Trabajadora Social. A partir de entonces, semanalmente fuimos reuniéndonos en el Centre Passatge del Eixample barcelonés y allí elaboramos las bases de los estatutos, la organización interna y la campaña de captación de socios de Interred, hasta que un día nos llamaron de la República Dominicana preguntándonos si estábamos preparados para colaborar con ellos el próximo verano.
Interred se definía como una Organización No Gubernamental para el Desarrollo (ONGD) y se marcaba como objetivos principales generar autosufiencia y promover el cambio estructural en las zonas más empobrecidas del planeta. Muy pronto, contactando con monjas teresianas que trabajaban por todo el mundo, empezamos a gestionar proyectos a nivel latinoamericano principalmente, pero también en el Congo, la India, Filipinas y en la misma Europa, en Portugal, España y al Este del continente.
Para ser sinceros, no fue fácil la tarea de conseguir el financiamiento ni crear la infraestructura suficiente como para embarcarse en la aventura dominicana. En aquel entonces, la República Dominicana no se hallaba entre las prioridades de las Ayudas Oficiales al Desarrollo (AODs) internacionales. Antes de preparar el definitivo viaje del verano debimos superar un Curso acelerado de Animación Sociocultural (ASC) y el Curso de Iniciación al Voluntariado del Institut Català del Voluntariat (INCAVOL).
Nuestra contraparte local era el prestigioso Centro Cultural Poveda de Santo Domingo, especializado en asesorar y formar a maestros y líderes de las organizaciones populares del país. En un principio desde el Centro Cultural Poveda se nos pedía organizar dos Talleres de ASC, uno para animadores y otro para niños, con una duración aproximada de cuatro semanas, entre el 16 de julio y el 2 de septiembre. El grupo que finalmente se preparó a conciencia para viajar a Santo Domingo estuvo formado por Neus, Isabel, Montse, Blanca y yo mismo. El principal objetivo de dichos talleres debía ser promocionar la ASC, a la vez que fundirla con la práctica común en la isla de la Educación Popular.
En enero del año 1996 unos cuantos amigos emprendimos la aventura de fundar una nueva Organización No Gubernamental en Barcelona. Tal ONG se llamaría Interred-Catalunya y debería ser la filial de Intered a nivel estatal, una organización dependiente de la Institución Teresiana. Las dos personas que contactaron conmigo para poder llevar a cabo este proyecto fueron Margarita Bartolomé, Profesora de Ética de la Universidad de Barcelona, y Neus Edo, Trabajadora Social. A partir de entonces, semanalmente fuimos reuniéndonos en el Centre Passatge del Eixample barcelonés y allí elaboramos las bases de los estatutos, la organización interna y la campaña de captación de socios de Interred, hasta que un día nos llamaron de la República Dominicana preguntándonos si estábamos preparados para colaborar con ellos el próximo verano.
Interred se definía como una Organización No Gubernamental para el Desarrollo (ONGD) y se marcaba como objetivos principales generar autosufiencia y promover el cambio estructural en las zonas más empobrecidas del planeta. Muy pronto, contactando con monjas teresianas que trabajaban por todo el mundo, empezamos a gestionar proyectos a nivel latinoamericano principalmente, pero también en el Congo, la India, Filipinas y en la misma Europa, en Portugal, España y al Este del continente.
Para ser sinceros, no fue fácil la tarea de conseguir el financiamiento ni crear la infraestructura suficiente como para embarcarse en la aventura dominicana. En aquel entonces, la República Dominicana no se hallaba entre las prioridades de las Ayudas Oficiales al Desarrollo (AODs) internacionales. Antes de preparar el definitivo viaje del verano debimos superar un Curso acelerado de Animación Sociocultural (ASC) y el Curso de Iniciación al Voluntariado del Institut Català del Voluntariat (INCAVOL).
Nuestra contraparte local era el prestigioso Centro Cultural Poveda de Santo Domingo, especializado en asesorar y formar a maestros y líderes de las organizaciones populares del país. En un principio desde el Centro Cultural Poveda se nos pedía organizar dos Talleres de ASC, uno para animadores y otro para niños, con una duración aproximada de cuatro semanas, entre el 16 de julio y el 2 de septiembre. El grupo que finalmente se preparó a conciencia para viajar a Santo Domingo estuvo formado por Neus, Isabel, Montse, Blanca y yo mismo. El principal objetivo de dichos talleres debía ser promocionar la ASC, a la vez que fundirla con la práctica común en la isla de la Educación Popular.
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