sábado, 3 de marzo de 2012

NICARAGUA 1997 / Capítulo 6

CAPÍTULLO 6: CONOCIENDO EL ENTORNO MÁS INMEDIATO

Poco a poco voy conociendo a “mi familia”: los seis hijos se llaman Guadalupe, Johanna, Vanessa, Marvin, Isaac y Vladimir, respectivamente; por ahí andan también el primo Gerardo y la prima pequeña Rossy; luego están los tres perros Popis, Negra y Tonki, a parte de un gatito adoptado, como si fueron otros miembros añadidos de dicha organización familiar.

La vivienda en donde todos ellos residen consiste en tres grandes barracones color verde claro, medio de cemento y medio de madera. En ellos viven las tres o cuatro generaciones familiares: abuelos, padres, hijos y más hijos. El techo, cosa asombrosa por poco frecuente, es de tejas. Mi habitación la han situado en un barracón independiente, instalado en un costado a parte, para preservar algo de mi intimidad (es de agradecer). El lugar no está muy lejos de la Escuela: empezamos andando sobre piso firme, luego sobre piedra, y acabamos sobre tierra y fango duro antes de llegar. A las calles aquí les llaman “cuadras” en un sistema bastante difícil de descifrar para mí en un principio.

En la zona parece que están bastante acostumbrados a las visitas de occidentales, no será lo mismo en el campo, y es por ello que no se extrañan excesivamente de mi presencia, aunque ello no me prive de múltiples miradas curiosas. Aquí mismo hace poco, me cuentan, estuvieron alojados unos estadounidenses. La habitación de que hablaba más en concreto consta de una antesala con una silla y el espacio propiamente necesario para mi cama, que consiste exclusivamente en un colchón bien colocado en el suelo, y una madera que me ha de servir para dejar mis bolsas de viaje encima. Hay dos habitaciones laterales añadidas a las cuales tengo acceso y dos más que están tapiadas. Fuera de la casa se encuentra la ducha entre cuatro paredes de madera y dos fregaderos que sirven tanto para la ropa como para la vajilla.

En general, todas las casas del barrio están subidas sobre una pequeña colina, por abajo se encuentra un pequeño barranquillo, por delante pasan vendedores ambulantes con mula, rancheras casi siempre de la marca Toyota (aquí los japoneses se abrieron mercado antes que los norteamericanos), y también atisbo a leñadores con grandes machetes, y muchas otras gentes que pasean simplemente, deambulan, o buscan algún deshecho comestible que aprovechar.

El calor que hace, dicen que, es de lluvia, demasiado fuerte, y, a ratos, desaparece, y luego vuelve a aparecer con la misma fuerza o superior, siempre con un gran sol como protagonista. De lejos se oye mucha música y muy dispersa; he distinguido inicialmente a Enrique Iglesias, que, por acá, está muy bien reconocido y triunfa como tantos otros artistas españoles. Hay un poco de todo en el ambiente: el reggae les gusta mucho, las baladas, como no, están muy presentes, aunque también se distingue algo de música techno desde los muchos altavoces urbanos que por aquí proliferan.

Me han invitado a beber una Fanta naranja y a comer dos picapanes, que son unas pastas hechas a base de azúcar, canela y queso fundido. Antes por la mañana ya había probado el café acompañado de dulces y la coca cola de botella grande que cuesta unos pocos córdovas (también conocidos como “pesos”). Tengo algunos reales y centavos en el bolsillo y hago pruebas y preguntas para saber qué puedo conseguir con ellos. El paisaje en general que me acompaña me parece tranquilo y destaco a los perros que todo el día lo pasan tumbados en el suelo; por otro lado están las bicicletas que pasan, arriba y abajo, como artilugios impensables a punto de desaparecer.

Ya sabemos que podemos llamar a España desde la Oficina de la Secretaría de la Escuela siempre utilizando el sistema de Telefónica a cobro revertido. Las hermanas monjas que allí me atienden me hablan de los jóvenes que habitan el barrio, ya que, según ellas, debo diferenciar entre los “buscapleitos” (miembros de pandillas que sobre todo actúan de noche) y los “calmistas”, que son más tranquilos, aunque suelen vacilarte.

Acostumbrarse a la letrina siempre es difícil cuando se viene de la cultura del lavabo. La finura europea debe olvidarse para adaptarse a la definición estricta de un agujero en el cual depositar los excrementos humanos, sin papel higiénico y con cucarachas revoloteando por las esquinas. Lo cierto es que no había utilizado nunca antes la misma palabra “letrina”.

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